Para aprender a andar, hace falta pegarse muchas tortas. La impaciencia provoca frustración y más tortas de las que en realidad deberían ser. Cada cosa a su tiempo. Si en vez de a andar lo que aprendemos es a vivir, pasa exactamente lo mismo.
El trato con las personas es una gran parte de nuestra existencia. Si no se te da bien, date por jodido. Pero eso, como parte del carácter y de la personalidad, se puede cambiar.
Conociendo a la gente:
No puedes ir contando tu vida de golpe a todo el mundo. La curiosidad mueve el interés. Cuando ya está todo visto, no hay nada más que ver, y la evidencia es aplastante. En cambio, cuando te vas mostrando poco a poco, eres como un buen mago, que hipnotiza y agrada con cada nuevo truco. Y cuanto más lenta y misteriosamente te muestres, más profundo y complicado aparentarás ser.
La sencillez, poco acostumbrada a dejarse ver, es cuanto menos sospechosa. Nadie se la espera. Ponte en la piel de alguien cuya vida es tomada como un juego. En ningún momento esa persona jugaría a un juego demasiado corto o sencillo. Tampoco a uno muy largo e imposible. Ni muy fácil, ni muy difícil. Un punto medio.
Si vas a entrar a un juego, asegúrate antes de que sabes jugar. Sino, directamente no entres, o seguramente pierdas.
No intentes comprender a todos. No puedes meter a todos en el mismo saco y etiquetarlos. Cada persona es un mundo, y muchas veces desconocido hasta la propia persona. Si una persona te disgusta o te es indiferente, no intentes cambiarlo. Que la vida siga su curso y ya conocerás a más gente. Si pretendes hacer crecer una planta en el desierto, tus esfuerzos serán en vano.
